EL 19 DE MARZO Y EL 2 DE MAYO
En marzo de 1808, Gabriel Araceli desempeñaba el oficio de cajista en la imprenta del Diario de Madrid. No se sentía especialmente atraído por su trabajo. Sin embargo, una vez adquirida la práctica, podía evadirse con el pensamiento hacia Inés, su amada, huérfana de dieciséis años (uno menos que él), que vivía en Aranjuez con su tío, el padre Celestino Santos del Malvar. Gabriel, desde su presente de narrador sesenta y cinco años después de aquellos tiempos, revive la alegría con que preparaba cada sábado el viaje que emprendería al día siguiente a Aranjuez. Desde Madrid se trasladaba en carromato y llegaba el domingo a la iglesia cuando don Celestino celebraba la misa cantada. Acabada la ceremonia se encontraba con su amada y con ella se dirigía a la casa. Comía con Inés y don Celestino y luego los tres paseaban por los Jardines del Príncipe. Al llegar al sitio donde el Tajo y el Jarama se encuentran, contemplaban las aguas confundidas en una sola corriente, en las que veían una imagen de sí mismos. Por la noche, Gabriel se despedía y regresaba a Madrid. Aquel lunes, antipático como todos los lunes, tuvo que componer el anuncio que ponía un tendero, Mauro Requejo, en el que se solicitaba un empleado. Este nombre le recordaba algo a Gabriel.
Uno de esos domingos, después de diez o doce visitas, Inés le anunció a Gabriel que el tío Celestino había recibido una carta de Madrid y se había puesto muy alegre. Ella no sabía quién la habla enviado. Su tío le darla a conocer el contenido de la carta cuando estuviera Gabriel porque era algo que interesaba a los tres. Ese día don Celestino le leyó a Gabriel una poesía latina que había compuesto para Godoy, el príncipe de la Paz. Inés y Gabriel soportaron con paciencia la lectura de los cuatrocientos versos. Luego comentaron la situación del país. Los franceses estaban entrando en España y Napoleón parecía burlarse de la Corte de España incumpliendo lo tratado. Don Celestino confiaba ciegamente en Godoy y estaba seguro de que Carlos TV no entregaría la corona a su hijo Fernando. Durante la comida, don Celestino les comunicó que don Mauro Requejo, primo de la difunta madre de Inés, a la que siempre había despreciado, se proponía recoger a Inés y ampararla en su casa. Anunciaba en la carta que se trasladaría a Aranjuez el próximo domingo, en compañía de su hermana Restituta, para conocer una finca que había comprado junto a la laguna de Ontígola y confiaba en llevarse ese mismo día a su sobrina a Madrid. Inés quedó confundida ante el ofrecimiento de sus crueles tíos y a Gabriel le invadieron extraños pensamientos. Ambos intuían cuáles eran las verdaderas intenciones de este pariente viudo y mezquino. Sólo don Celestino parecía feliz.
Gabriel volvió muy triste a Madrid. El domingo siguiente, partió de madrugada y llegó a Aranjuez durante la misa mayor Los tres suspiraban afligidos. Cuando estaban terminando de comer, aparecieron los Requejo. Con lágrimas y gestos exagerados abrazaban a Inés y la estrujaban. El aspecto de don Mauro y de su hermana Restituta no era nada favorable. Menos aún su conversación en que se referían el uno al otro tratándose de éste y ésta. Hablaban de sus riquezas y describían la casa donde viviría Inés como un lugar lleno de lujos y abundancia. Inés no decía nada, pero don Celestino habló por ella aceptando los beneficios que le ofrecían. Los Requejo se prepararon para ir a ver las tierras de Ontigola y se despidieron hasta la tarde, en que volverían para llevarse a Inés con ellos. Gabriel intentaba hacerle entender a don Celestino cuáles eran las verdaderas intenciones de los parientes de Inés pero fue imposible disuadirle. Como la situación económica del joven era muy precaria por el momento para ofrecerle matrimonio a Inés, logró convencer a don Celestino de que lo llevara con él a ver a Godoy, con quien tenía fijada una audiencia para el día siguiente, a fin de solicitarle un destino. Inés no disimulaba la repugnancia que le inspiraban sus tíos. A eso de las cuatro volvieron y mostraron una gran alegría al ver que Inés estaba preparada para irse con ellos. Se despidieron con mucha aflicción e Inés partió con sus tíos.
El 15 de marzo don Celestino y Gabriel se dirigen al palacio de Godoy, el príncipe de la Paz. El propósito de don Celestino es leerle el poema latino que ha compuesto. En el camino hablan de lo que se dice acerca de Godoy y de la revuelta que parece estar preparándose. Don Celestino conoce estos rumores por Santurrias, el sacristán, que anda con los alborotadores y le ha dicho que tocará las campanas a vuelo cuando el pueblo se amotine. Gabriel y don Celestino llegan al palacio y los llevan a una habitación contigua al despacho de Godoy, donde muchas otras personas de distinta condición social esperan ser recibidas. Un señor que saluda a don Celestino muy cortésmente comenta la invasión de los franceses y el viaje de los reyes a Andalucía. Don Celestino no cree nada de lo que se dice. El ujier hace pasar a don Celestino, dándole preferencia aun habiendo llegado último. Ya en el despacho de Godoy, éste lo confunde con otros clérigos. Don Celestino, que se considera paisano e incluso pariente del príncipe de la Paz, le explica quién es, y se dispone a leerle el poema. Debido a las palabras confusas de don Celestino, Godoy cree entender que el autor de los versos es Gabriel, a quien muestra su benevolencia, y rechaza con un gesto la lectura del poema. Por último, debido a esta confusión les comunica que dará a Gabriel un destino en la Oficina de Interpretación de Lenguas, le hace escribir su nombre en un papel y se despiden con grandes cortesías. Así concluye la audiencia.
De regreso a casa perciben un ambiente enrarecido por las calles: gente extraña, muchos soldados y grupos de aspecto poco tranquilizador Ya en el cuarto de don Celestino, se entreabre la puerta y aparece Santurrias, el sacristán, que se muestra irrespetuoso con don Celestino, burlándose de su preocupación por no haber advertido a Godoy de lo que estaba pasando. Santurrias canta coplas irreverentes, imita el sonido de las campanas y remeda a don Celestino, quien lo considera un borracho. Don Celestino envía a Gabriel a la calle para que se entere de lo que está pasando y se lo haga saben Después de pasearse durante más de dos horas, Gabriel se encuentra con Lopito, a quien había conocido cinco meses antes en El Escorial y que ahora pertenecía a la montería del señor infante don Antonio Pascual. Cenan en la taberna y se despiden como amigotes.
Al día siguiente, Gabriel, que no puede volver a Madrid por el alto precio que piden los trajineros, se encuentra de nuevo con Lopito y pasan el día entre la taberna del tío Malayerba y los Jardines del Príncipe. Hablan sobre los acontecimientos públicos y Gabriel descubre decepcionado que la gente que grita vivan nuestros reyes y muera el choricero está pagada por los partidarios del príncipe de Asturias y los seguidores de don Antonio Pascual. En la taberna ven gentes de mal aspecto, que provienen de Zocodover de Toledo y de las Vistillas de Madrid, y muchos soldados. Al llegar a casa de don Celestino, Gabriel lo encuentra contento porque está seguro de que no habrá ningún motín. Según él, todo es invención de Santurrias, a quien no despide de su puesto por compasión ya que es viudo y tiene cinco hijos. Le cuenta a Gabriel que ha ido a ver a Godoy para prevenirle de lo que pasaba pero éste no lo ha recibido. Aparece entonces Santurrias y le anuncia que al día siguiente ocurrirá algo. Canta y gesticula burlándose de don Celestino. Al día siguiente, 17 de marzo, Gabriel, impaciente por volver a Madrid, decide hacerlo a pie, cuando llega Lopito a buscarlo y le dice que esa noche habrá «fiesta». También le confirma el viaje del rey a Andalucía y le habla de las tropas francesas que están por todas partes. Lopito censura la indiferencia de Gabriel ante estos acontecimientos y se lo lleva a la taberna. A Gabriel le repugna la ignorancia de toda aquella gente. Por la noche vuelve a la taberna donde hay toda clase de pícaros y granujas. Entre todos estos personajes resuena una voz sobre todas las demás. Es Pujitos, un majo decente, ignorante y bullanguero, improvisado orador que habla subido a un tonel convertido en tribuna. Todos aplauden sus palabras mal pronunciadas, mientras Mariminguilla, la moza de la taberna, se desempeña entre pellizcos y requiebros. Llega entonces el conde de Montijo y todos le siguen en silencio adonde los lleven.
Recorren algunas calles, uniéndose a otro grupo más numeroso, y se dirigen al Palacio Real. A Gabriel le parece raro que no haya centinelas que los detengan. Llegados al lugar, el relámpago de un fogonazo y el estrépito de un tiro desencadenan el motín. Al grito de «¡muera Godoy!», entran en el palacio, mientras las campanas de todas las iglesias y conventos tocan sin cesar Gabriel, arrastrado por Lopito, recorre las salas por donde había estado dos días antes y ve cómo la multitud enfurecida destruye todo lo que encuentra a su paso. Buscan a Godoy y, al no encontrarlo, creen que ha escapado, entonces se ensañan con sus pertenencias. Arrojan por las ventanas muebles y toda clase de objetos con los que alimentan una enorme hoguera. Temiendo que sospechen de él, Gabriel también arroja a la hoguera algunas cosas que encuentra a mano, una armadura, un reloj y otras baratijas.
De madrugada, llega una compañía de guardias para custodiar el palacio saqueado. Gabriel, disgustado por todo lo que ha visto, se marcha a casa de don Celestino y lo encuentra muy agitado. Los hijos del sacristán, por orden de su padre, no dejan de tocar las campanas y no obedecen a don Celestino. Santurrias llega borracho y, después de decir mil herejías, les cuenta lo que ha hecho mientras las campanas siguen tocando con furia. Don Celestino dedica la misa de la mañana por la salvación del príncipe de la Paz.
El 18 de marzo, Gabriel pasa todo el día durmiendo. A la caída de la tarde se dirige a la taberna y se encuentra con Lopito que le cuenta sus hazañas de esa noche en el saqueo y en el prendimiento del hermano de Godoy, y se jacta de sus lances con la Mariminguilla. Al día siguiente, 19 de marzo, corre por todo el pueblo la noticia: Godoy ha sido encontrado en su propia casa, donde se había escondido. Allá van todos. La multitud se agolpa a las puertas del palacio profiriendo aullidos de fiera. Cuando aparece Godoy, custodiado por un piquete de guardias a caballo, la turba intenta atacarlo para acabar con él. Gabriel contempla horrorizado la caída ignominiosa de tan ilustre personaje.
Arrecian las pedradas contra el ministro y una de ellas viene a dar en la ceja derecha de Santurrias, encaramado sobre los hombros de dos palurdos. Lopito y Gabriel lo llevan a su casa, donde es asistido por don Celestino, quien ordena a los hijos del sacristán que vayan a tocar a sermón o a completas para quitarlos de en medio. Enterado don Celestino de lo sucedido a Godoy, decide ir al cuartel donde lo tienen prisionero, a fin de llevarle el consuelo de su amistad sin importarle el riesgo que pudiera correr. Don Celestino, abriéndose paso en medio de la turba, entra en el cuartel. Entre tanto, las campanas siguen tocando y las viejas se congregan en la iglesia. Pasadas varias horas vuelve don Celestino demudado y le transmite a Gabriel lo que ha visto: Godoy, abandonado y enfermo, yacía en un desván. Claramente se veía que el pueblo había sido dirigido y manipulado para conseguir la abdicación de Carlos LV y coronar al príncipe Femando. Don Celestino no tiene fuerzas para predicar a la feligresía que aguarda. Sin embargo, sube al púlpito y pronuncia un sermón sobre la ingratitud.
Esa misma noche, Gabriel parte a Madrid. Antes pasa por la taberna y, mientras bebe con los conocidos, llega la noticia de que la corona ha pasado a las sienes de Fernando Vil. Todos lo celebran con ruidosos alaridos. Gabriel se aparta de estos festejos y va a despedirse de don Celestino, quien se lamentaba del comportamiento irrespetuoso de los hijos de Santurrias y de la ignorancia del vulgo que no sabe lo que quiere.
Aquel motín fue el primero que Gabriel presenció en su vida y ahora, a los ochenta y dos años de edad siente la satisfacción de no haber simpatizado con él. Gabriel, ya anciano, se reúne con sus amigos en el café de Pombo y cuentan a los jóvenes que le rodean sus recuerdos para «edificación de la edad presente».
Una vez en Madrid, Gabriel intenta ver a Inés, que vive en casa de sus tíos, en la calle de la Sal, esquina con la de Postas. Antes de presentarse, decide informarse acerca de la verdadera condición de esos señores. Observa desde fuera, y el aspecto mísero de la tienda confirma sus recelos con respecto a los Requejo. Pese a sus deseos de entrar, comprende que de momento es imposible. Entonces recuerda el anuncio que había compuesto en la imprenta del Diario. Como todavía se publica, abandona su profesión de cajista y se presenta en la tienda de don Mauro, a fin de ser admitido para el trabajo. Le ofrecen una paga muy exigua pero después de regatear la acepta.
La casa de los Requejo es lóbrega y triste. Consta de vados espacios estrechos y mal iluminados. En primer lugar, la tienda, donde venden toda clase de telas y artículos de perfumería. La trastienda sirve al mismo tiempo de almacén y comedor Una sórdida escalera sube de la trastienda al entresuelo y desemboca en un oscuro pasillo. Allí se encuentra la puerta de una sala que da a la calle de Postas, en la que funciona el negocio de Préstamos sobre alhajas. Otra sala, no menos sórdida que la anterior, da a la calle de la Sal; en ella se instala el «taller», donde Inés trabaja desde las cinco de la mañana hasta las once de la noche, cosiendo camisas que Restituta corta. En una habitación interior está el dormitorio de la tía y la sobrina, y en el fondo del pasillo, junto a la cocina, el cuarto de Gabriel. En la casa, además de los moradores habituales, vive durante el día Juan de Dios, el mancebo, a quien los Requejo tratan como un hermano y él les sirve con fidelidad. Habían concebido la idea de casarlo con Restituta y así quedó establecido, pero los años pasan y el proyecto no se cumple.
La primera noche de Gabriel en la casa, asiste a la tertulia, que celebraba siempre después de cenar y de rezar el rosario, el licenciado Lobo, quien cinco meses antes había querido prender a Gabriel en El Escorial. Sin embargo, no lo reconoce porque el joven ha cambiado. Después de hablar acerca del nuevo rey y de la marcha de los negocios, la conversación recae sobre Inés, su trabajo y los planes de boda con don Mauro. Cuando éste intenta acercarse, ella reacciona rebelándose, lo cual enfurece a don Mauro, que le dirige palabrotas soeces y le agita el brazo con violencia. Gabriel siente deseos de matarlo, pero aquél, frente a la debilidad de Inés se aplaca un poco. Lobo y el mancebo contribuyen a calmarlo y Gabriel nota en el semblante del segundo una alteración vivísima. Se retiran todos, menos don Mauro y el licenciado Lobo que prolongan su conversación. Desde su cuarto, Gabriel oye a Restituta que intenta tranquilizar a Inés, y le llegan confusamente las voces de Lobo y Requejo hablando en la trastienda. Gabriel se acerca a la escalera para escuchar mejor Lobo le confirma a don Mauro que Inés no es hija de doña Juana sino de una señora principal de la Corte, como lo atestiguan los papeles que él posee, y le aconseja que cambie su actitud hacia ella para poder conquistarla. Don Mauro asiente y decide tratarla de otra manera.
Al día siguiente, contra el parecer de Restituta, don Mauro se desvive por complacer a su sobrina, regalándole joyas y vestidos de mal gusto y aliviándole el trabajo. Ese mismo día, mientras Restituta atiende a unos clientes en el despacho de préstamos, Gabriel se acerca a la puerta de la sala donde Inés permanece encerrada y le habla con palabras de consuelo y de amor, prometiéndole sacarla de esa casa.
Por la noche, además de Lobo, asiste a la tertulia doña Ambrosia de los Linos, tendera de la calle del Príncipe, quien les describe a los Requejo la llegada de los franceses a Madrid y los anima para que vayan a ver al día siguiente la entrada triunfal del nuevo rey de España, don Femando VII. El 24 de marzo se visten todos con sus mejores galas y se van a los festejos. Inés se niega a ponerse la ropa que le ha regalado su tío y sale con su traje de luto. Las calles están ocupadas por una multitud llena de júbilo. El gentío arrastra al grupo de los Requejo y los lleva de un lado hacia otro. Se oyen los comentarios de las viejas y las aclamaciones de la muchedumbre ante la proximidad del rey De pronto, Gabriel distingue la voz de Pacorro Chinitas, el famoso amolador a quien conocía de antes, que discute con la Primorosa, su mujer. Interviene un petimetre y varias majas en la conversación y aparece Pujitos intentando organizar el gentío. La Primorosa lo desafía y se arma un alboroto que pronto queda interrumpido por la irrupción de un destacamento de la Guardia Imperial. La multitud se manifiesta contra el invasor En uno de los vaivenes de la masa, Gabriel e Inés, arrastrados por el río humano, se ven separados de los demás.
Se sienten libres y pueden hablar. Gabriel se refiere a unas riquezas y a una familia que Inés insiste en no poseer, y le hace jurar que, pase lo que pase, ella lo querrá siempre. En ese momento, Inés se da cuenta de que los Requejo, de quienes creía haber escapado, la han alcanzado y la aprisionan férreamente. Magullados y maltrechos, se lamentan de haber salido de su casa. El intento de fuga de Inés y Gabriel ha quedado frustrado.
Después de aquel día, la vida continúa como siempre en casa de los Requejo, aunque el encierro de Inés se vuelve más estrecho y la vigilancia más implacable. Gabriel intenta poner todos los medios a su alcance para obtener la benevolencia de los Requejo y finge que sus inclinaciones son semejantes a las de ellos, mostrándose mezquino y avaro y poniendo en práctica diversas artimañas. Quien parece haber cambiado es Juan de Dios: se le nota distraído, se equivoca con frecuencia, se olvida de las cosas y su mirada se vuelve cada vez más triste. Un día que los amos salen, Gabriel intenta buscar la complicidad de Juan de Dios para liberar a Inés. Este le cuenta su historia y le confiesa que está locamente enamorado de Inés. Gabriel se da cuenta de que, para poder fugarse con Inés, debe alentar esta pasión de Juan de Dios que tiene algo de ferocidad. Gabriel le pide la llave del cuarto de Inés pero Juan de Dios no la tiene. Le pide a Gabriel que en nombre suyo le entregue a Inés un ramito de violetas, arrojándolo por el tragaluz, y le dice que otro día le hará llegar unas cartas que está escribiendo. El sueño de Juan de Dios es casarse con Inés y llevársela a una isla desierta. Gabriel le da a Inés las flores pero le dice que son de él y no menciona al mancebo.
Aquella noche en la tertulia se habla de la alarma que se extiende por la ciudad ante el avance de los franceses, pero don Mauro ve con buenos ojos la presencia de los invasores porque está intentando conseguir la contrata para el abastecimiento de las tropas. Se habla de un levantamiento y de una guerra. Luego, la conversación gira en torno a las proyectadas bodas de Restituta con Juan de Dios y de don Mauro con Inés. A medianoche, cuando todos duermen, en medio del silencio, se oyen los gritos de Restituta quien, enfurecida, cuenta que Inés había hablado en sueños, dirigiéndose a un supuesto enamorado y llamando buitre a su tío, y que al despertarla cayó de su pecho un ramo de violetas. En medio de la confusión interviene Gabriel diciendo que la noche anterior había visto a un señorito frente a la ventana de Inés. Gabriel aprovecha para insinuar que le encarguen a él la vigilancia de la niña. Cuando éste se retira, oye que Requejo, furioso, le dice a su hermana que encerrará a Inés en el sótano y se casará con ella por la fuerza.
Al día siguiente se implanta en la casa un sistema de terror. Inés permanece encerrada y Restituta no se mueve de la casa. Todo parece perdido. Ante esta situación tan crítica, Gabriel decide actuar sin esperar más tiempo. El domingo, 1 de mayo, inventa una estratagema para que Restituta salga de la casa y una vez que ésta se marcha pone en práctica su plan. Ante todo es necesario contar con la ayuda de Juan de Dios sin que éste descubra su intriga. Juan de Dios acepta que Gabriel entregue a Inés la carta que le había escrito pero de ninguna manera le quiere dar la llave. Llega don Mauro y, enterado del contenido de una carta que ha recibido, envía a Juan de Dios con una comisión urgente. Aprovechando que Requejo conversa con unos amigos, Gabriel logra desquiciar la puerta de Inés. Intentan huir pero al bajar se encuentran con Lobo a quien no logran engañar. Aparecen los Requejo y ya no pueden escapar.
Los tres se ensañan con Gabriel, y Lobo les hace saber quién es este joven, diciendo que ha recibido favores de Godoy y que desde hace quince días él y sus compañeros lo están buscando al conocer el volante en el que se manda que le diesen una plaza en la Oficina de Interpretación de Lenguas. Lobo se hará cargo de Gabriel al día siguiente. Mientras tanto deciden encerrarlo en el sótano. Allí se queda Gabriel unas cuantas horas, medio entre sueños y pesadillas, hasta que lo despierta una claridad. Es Juan de Dios que baja al sótano, y ambos se quedan impresionados de encontrarse en semejantes circunstancias.
Juan de Dios viene a retirar su dinero que estaba en las arcas de los Requejo. Gabriel logra dejar a Juan de Dios en el sótano y sube. Al verlo, Restituta no comprende cómo pudo haber escapado. Entonces Gabriel le dice que el culpable de todo es Juan de Dios que está en el sótano y consigue que ella vaya a comprobarlo. Una vez que ésta ha descendido unos peldaños, Gabriel deja caer la pesada puerta y ambos quedan encerrados. Gabriel libera a Inés y ambos huyen. Es la madrugada del lunes 2 de mayo y las calles de Madrid están desiertas y silenciosas.
Los dos jóvenes se dirigen a casa de Gabriel y allí encuentran a don Celestino, a quien persiguen por su amistad con Godoy. Gabriel decide ir a buscar el auxilio de una señora marquesa que ha estado en Aranjuez con don Celestino y que tiene especial interés en ayudar a Inés. A pesar del peligro a que se expone, Gabriel sale y recorre las calles de Madrid en busca de la casa de la marquesa, que él ya conocía. En medio del gentío que anda por las calles, Gabriel se encuentra con Chinitas que le informa que todos se han ido y han dejado solo al pueblo frente a los franceses, y le incita a defender España.
El pueblo, encendido en fervor patriótico, se prepara para defender sus derechos frente al invasor A medida que avanza la mañana, se extiende la insurrección por las calles de Madrid. Se combate cuerpo a cuerpo. Chinitas y la Primorosa luchan con valor Chinitas recibe una herida y Gabriel, sin saber cómo, se encuentra con un fusil en la mano y los sigue. Los franceses avanzan.
En la Puerta del Sol, la lucha es espantosa. La Primorosa, convertida en generala, ordena y anima a pelear La acción es cada vez más encarnizada y hay muchos muertos. Gabriel, que en un primer momento se ve envuelto en la sublevación involuntariamente, se siente ahora comprometido con los sentimientos del pueblo contra los franceses. Los enemigos están en todas panes y la lucha se entabla ya de casa en casa. En una de las casas, Gabriel se encuentra con el licenciado Lobo y con Juan de Dios. El primero está paralizado de terror Juan de Dios se une a Gabriel, después de preguntarle por Inés, y le informa que un combate terrible se ha empeñado frente al parque de Monteleón, justo donde está la casa de Gabriel. Al saber esto, Gabriel y Juan de Dios parten hacía allí como dos insensatos.
Las calles que conducen al lugar donde se encuentran Inés y don Celestino están llenas de peligrosos obstáculos. En el camino, Juan de Dios va mezclando, en un hablar entrecortado y confuso, sus proyectos y lo que aconteció en el sótano, con preguntas sobre Gabriel y sobre Inés. Gabriel, preocupado por Inés y su tío, no le contesta. Distinguen la casa entre un denso humo de pólvora. Cuando cesa el combate se encuentran con Chinitas que pondera la victoria alcanzada. Por fin llegan a la casa. Vuelven a oírse terribles detonaciones, el combate se reanuda con violencia y ellos lo contemplan desde las ventanas.
Ante el avance de los franceses, los españoles luchan con valentía animados por el ejemplo de dos oficiales de Artillería, Daoíz y Velarde. Las berzas son desiguales y las bajas numerosas. Sin embargo, la superioridad adquirida desde la propia debilidad hace pensar al pueblo en una segunda victoria. Los franceses también lo sienten así y aumentan los refuerzos. En medio de voces de mujeres se oye a la Primorosa, enronquecida por la fatiga y los gritos. En la casa, Juan de Dios se ha desmayado y don Celestino habla con fervor de la defensa de la patria. Gabriel, que ha sido espectador durante todo este tiempo, siente también el impulso de actuar y sale a la calle seguido de Juan de Dios.
Gabriel busca un lugar estratégico desde donde hacer fuego y encuentra a Pacorro Chinitas moribundo y con la cara horriblemente desfigurada. Mientras Gabriel enciende un fuego, oye la voz de Chinitas que poco a poco se va extinguiendo hasta morir. La Primorosa, también herida, sigue luchando, mientras mueren quienes están a su lado. La situación es desesperada para los españoles. Todo está perdido. Se habla de capitulación y cesa el fuego. Daoíz y Velarde son ejecutados por los franceses y muchos son pasados a cuchillo. Los demás se dispersan y huyen, logrando salvar sus vidas. Gabriel se dirige a su casa y, cuando ya está muy cerca, ve a Juan de Dios que, enloquecido y desesperado, le dice que los franceses se han llevado a Inés y a su tío.
Conocida la noticia, Gabriel, sin saber adónde dirigirse ni a quién pedir ayuda, se encamina al centro de Madrid, seguido de Juan de Dios que llora desconsoladamente. Van de un lugar a otro, desorientados, viendo por las calles pelotones de franceses que conducen personas maniatadas, de todas clases sociales. Gabriel y Juan de Dios se separan quedando en encontrarse una hora después en la Plaza del Sol. Gabriel va a casa de la marquesa y no encuentra a nadie. Vuelve al centro y ve salir de la casa de Correos a Juan de Dios, que le dice que todos los presos han sido entregados a los franceses para fusilarlos. Deciden separarse nuevamente. Juan de Dios irá al Retiro y Gabriel al Buen Suceso donde tiene algunos conocidos.
Gabriel presencia un fusilamiento en la esquina del palacio de Medinaceli. El espectáculo de los muertos y moribundos es atroz. Gabriel se encamina al Retiro, Lo detienen los centinelas en la pueda que da al primer patio. Gabriel intenta convencer a un oficial francés que se acerca, para que le permita entrar y le ruega que dejen en libertad a la joven y al sacerdote. El oficial no le entiende pero, conmovido ante su desesperación, le indica que entre. Gabriel ve nuevos fusilamientos. Examina a los vivos y a los muertos, pero no encuentra a quienes busca. Un anciano que busca a su hijo se le acerca enloquecido. Más tarde, un hombre le informa que los que apresaron en el barrio de Maravillas están en la Moncloa y se ofrece a llevarlo con el salvoconducto de un oficial francés. Al salir, sin embargo, lo pierde de vista. Gabriel corre desesperado hasta quedar sin fuerzas y cae rodeado de tinieblas.
Durante el desvanecimiento se le presentan las imágenes idílicas de las arboledas de Aranjuez, de los paseos, del Jarama y del Tajo y de las campanas de la iglesia, unidas a la imagen de Inés. Lo despierta un golpe y cree reconocer confusamente a Lobo y a Juan de Dios. Cuando se recobra, oye las dos en un reloj cercano. Se dirige a la portalada que da a la huerta del Príncipe Pío y pugna por entrar pero es rechazado. Vuelve a suplicar, pide que le fusilen, hasta que logra ser aprehendido y entrar en la huerta. Allí encuentra a Inés y a don Celestino, preparados para ser fusilados. Gabriel es colocado junto con los condenados, al lado del clérigo. Intentan salvar a Inés de la muerte. Un oficial francés se muestra especialmente compasivo. Pero Inés se abraza a ellos en el momento en que los soldados forman para el fusilamiento. Entonces se acerca un oficial seguido de dos hombres y la señalan. Son Juan de Dios y el licenciado Lobo, con el oficial francés que lo había visitado alguna vez en la tienda.
El oficial desató a Inés para entregarla a su amigo. Ella no quería separarse de Gabriel y de su tío y, frente al pelotón de granaderos ya preparados para el fusilamiento, Gabriel se aferró fuertemente a Inés. El anciano narrador sabe que se dijeron algo el uno al otro pero ha olvidado las palabras. Sólo recuerda que vio cómo se la llevaba Juan de Dios. Luego, un estruendo horroroso, la concentración de todo el yo en el pensamiento «y, por último, nada, absolutamente nada». José A. Gómez
lunes, 10 de marzo de 2008
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